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Infraestructura verde en nuestras ciudades. Un factor infravalorado en escenarios de crisis

Alfonsina Puppo

Francisca Magnani

La situación actual de nuestro habitar sufre una dependencia explícita con los acontecimientos globales. Hoy, los vivimos como un hito histórico a través de una pandemia a escala global, donde el entorno, los ecosistemas, la ciudad, los parques, plazas del barrio, los jardines y nuestro hogar se vuelven  lugares indispensables para re pensar la calidad de vida que tenemos. Más aún, el distanciamiento social provoca una serie de consecuencias en el aspecto de la vida más íntima, interrumpe los ciclos de vida conocidos y habituales; cambia horarios en el comportamiento humano, y modifica las dinámicas de trabajo y cuidado, pudiendo generar ansiedad, sensación de soledad, incertidumbre y encierro.

Las ciudades latinoamericanas sufren una serie de problemáticas asociadas a la marginalización y la precarización de la vida en su conjunto. Los modelos de nuestras ciudades, extensas en construcción, pero con una densidad poblacional marcada por la segregación, evidencian malas condiciones ambientales, pocos espacios con vegetación y espacios públicos, en los que predomina el pavimento. Sumado a esto, la promoción inmobiliaria se ha convertido en una visión de desarrollo urbano que busca rentabilizar la ocupación del suelo aumentando drásticamente la densidad poblacional sin planificar la disponibilidad de infraestructura suficiente en plazas, parques, áreas verdes para la población residente.

Las áreas verdes en la ciudad son capaces de proveer una amplia gama de beneficios a los seres humanos en función de su tamaño, localización, cobertura vegetal efectiva y condición de pública o privada (Banzhaf et al., 2018). En el ámbito de la ecología urbana, existen diferentes instrumentos de medición de la vegetación para identificar sus beneficios e impactos en el territorio (Gómez-Baggethun et al, 2013), y estudios realizados en la materia, aseveran que las áreas verdes y los espacios arbolados aumentan la calidad de vida de las personas, son espacios de socialización y recreación (Reyes & Figueroa, 2010; Breuste, J. et. al, 2013), sin embargo, las desigualdades urbanas se expresan también en el acceso a la naturaleza y sus beneficios, cuya distribución en la ciudad es desigual y depende de las condiciones socioeconómicas de las instituciones públicas que los mantienen (Centro de políticas Públicas, UC, 2016).

La situación actual que vivimos da cuenta de los efectos territorialmente diferenciados de la pandemia, y con ello, las desiguales condiciones y herramientas de los hogares para enfrentarla. El hogar, en tanto espacio de resguardo, ha debido contener una serie de actividades comúnmente destinadas a la vida pública, intensificando su funcionamiento y uso cotidiano. Desde aumentos en los niveles de cesantía e informalidad, trabajo a distancia, hasta brechas en el acceso a computadoras y a internet en los hogares, donde los procesos de enseñanza y aprendizaje a distancia, muchas veces no son garantizados (CEPAL, 2020, pág.9). Esta situación, deja en evidencia la necesidad de un jardín o espacios con vegetación cercanos que permitan reducir el agotamiento y la sensación de ansiedad que puede ocasionar la situación de encierro que actualmente vivimos. En algunos estudios recientes del norte global frente a la situación actual (Samuelsson, et. al, 2020), se sugiere el contacto con la naturaleza para reducir el estrés, a través de la visita controlada de plazas y parques aledaños a edificaciones construidas en altura. 

A lo largo de la última década, revistas académicas del ámbito de la psicología, evalúan el impacto de la urbanización en la salud mental de las personas, y evidencian que los y las residentes que se encuentran cercanas a parques urbanos y espacios verdes urbanos, tendrían menores índices de estrés, existiendo una relación entre bienestar social y las áreas verdes (White, M. et al, 2013). Este precedente se complementa con otras investigaciones, que reconocen que las áreas verdes urbanas son importantes para la cotidianeidad de las personas, y que por estos motivos, las áreas verdes públicas son utilizadas de forma intencional (Breuste. et. al, 2013).  

Los principales problemas que acuñan las áreas verdes urbanas en el contexto nacional, es la adopción de indicadores internacionales asociados a la cantidad de áreas verdes por metro cuadrado, sin establecer parámetros de calidad y de cobertura vegetal efectivos. Las políticas públicas en Chile que promueven más áreas verdes lo hacen desvinculando a los y las habitantes, existiendo una brecha entre el reconocimiento del carácter verde urbano, para su integración en proyectos de espacio público. Fortalecer la calidad, manejo y usos de plazas y parques, es un desafío actual para nuestro país y que toma mayor relevancia en el contexto actual. 

La tendencia a construir ciudades desde la idea de orden, ha tendido a disociar el rol de los ecosistemas como soportes de la vida, siendo asociado a algo disruptivo en el entorno urbano, sin un real asidero con las condiciones territoriales y los patrones de sociabilidad que emergen de sus propios actores. Esto se traduce en  la calidad de su infraestructura verde, tendiendo a la estandarizar en la plantación de especies, al considerarse elementos ornamental más que fuentes de servicios y soluciones para sostener la vida. Sin embargo, la naturaleza urbana cumple también un rol social, al permitir la interacción social a escala local, al propiciar el encuentro, conversación, recreación, trabajo, y en definitiva, volviéndolo un espacio para lo común, como espacios de propiedad y pertenencia colectiva, integrando los elementos del paisaje con el sentido de identidad de quienes lo habitan, potenciandol el tejido social a diversas escalas. 

Sin lugar a dudas, la pandemia viene a profundizar un cuestionamiento que venía trayendo el cambio climático en torno a cómo crear ciudades y comunidades sostenibles, y con ello, emerge también la pregunta por lo urbano. Si consideramos los altos niveles de urbanización del país -un 89% de la población habita en ciudades (CENSO,2017)-, la vegetación urbana se vuelve un elemento central para la gestión de ciudades resilientes, capaces de adaptarse a los cambios en el entorno. Los servicios ecosistémicos que nos brinda la vegetación e infraestructura verde, permiten controlar la temperatura en las ciudades, mitigando los efectos de las olas de calor, y también, reforzando el tejido social, al ser espacio para la interacción, recreación, organización social, entre otros.

Es necesario avanzar en la discusión en torno a nuestra planificación urbano, generando arreglos espaciales que nos permitan adaptarnos a los cambios y mejorar la calidad de vida de las personas. Esto implica generar los instrumentos y las disposiciones institucionales que consideren la vegetación urbana, y particularmente, la noción de servicios ecosistémicos como factores fundamentales en el diseño urbano