Boletín IALE -Chile, noticias de octubre

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El año 2019 ha estado marcado por la creciente percepción de la urgente necesidad de actuar colectivamente para enfrentar el cambiante escenario climático global. En nuestro país enfrentamos una devastadora sequía que parece ser la antesala de cambios aún más drásticos, y tanto en los medios como en las redes sociales las noticias relacionadas con la crisis climática se han tomado la agenda.

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Desde las áreas verdes a la infraestructura verde. Evolución de un concepto.

Sonia Reyes-Paecke

Directora Laboratorio de Ecosistemas Urbanos; Profesora, Pontificia Universidad Católica de Chile; Investigadora, CEDEUS

En la historia del urbanismo las áreas verdes urbanas son bastante recientes: se desarrollaron después de la revolución industrial en respuesta a las pobres condiciones ambientales y sanitarias de las ciudades de la época. A principios del siglo XX surgieron los modelos de Garden City and Beautiful Cities ambos basados en principios del higienismo, los cuales se extendieron rápidamente en el mundo occidental (Peterson 1979; Salvador 2003; Flores-Xolocotzi 2012). En esos años se propuso que las grandes ciudades deberían destinar un 15% de su área a parques y jardines, y además deberían disponer de una reserva forestal en sus alrededores de una extensión mínima de 10 km (Salvador 2003). En 1933 se redacta la Carta de Atenas, en el Marco del Congreso Mundial de Arquitectura, cuyos principios permanecen vigentes hasta el día de hoy. La Carta de Atenas establece los principios del urbanismo moderno, entre los cuales se menciona que la ciudad debe proyectarse en contacto con la naturaleza, y que las zonas residenciales deben contar con vegetación y espacios libres.

A pesar de la importancia que se asigna a la naturaleza en esos modelos de ciudad, sólo se consideran los parques y jardines públicos. Otras áreas verdes, tales como los jardines residenciales, huertos y bosques urbanos, y espacios informales con vegetación silvestre o espontánea, no son considerados áreas verdes, ni tampoco incorporados en la planificación como parte integral de la estructura urbana (Fadigas 2009). Los espacios verdes urbanos son aquellos que han sido construidos con el fin de embellecer la ciudad, entregar mejores condiciones sanitarias a la población o permitir espacios de contacto con la naturaleza (Salvador 2003; Fadigas 2009). Tanto las tendencias del higienismo como el funcionalismo, se asocian a una visión ornamental de los espacios verdes y del arbolado urbano, que perdura hasta la actualidad en nuestro país. En los años setenta, en el contexto de un creciente interés por mitigar los problemas ambientales que afectan a las ciudades, la ecología se consolida como una ciencia que explica las vinculaciones sistémicas entre los ambientes humanos y los ambientes naturales. Surgen de este modo las primeras propuestas de planificación ecológica y diseño urbano ecológico (por ejemplo, Design with Nature de Ian McHarg publicado en 1969) y la Conferencia sobre el Medio Ambiente Humano, realizada en Estocolmo en 1972, iniciativa que constituye un hito en el desarrollo del pensamiento y las políticas urbanas.

En los países de América Latina se consolidan las áreas metropolitanas, producto del crecimiento demográfico acelerado de las décadas anteriores. Las áreas verdes urbanas son consideradas necesarias para mejorar la calidad de vida de la población, y en varios países se definen estándares de áreas verdes por habitante, a la vez que se diseñan parques y “cinturones verdes” para delimitar el área urbana y evitar la continua expansión hacia las zonas rurales próximas (Pavez, 2009; Picón et al. 2017). En la práctica muchos de estos espacios quedaron sólo en el diseño y nunca fueron construidos.

En 1987 la Comisión Bruntland publicó el Informe Our Common Future (Nuestro Futuro Común), que menciona el concepto de desarrollo sustentable, el cual es rápidamente incorporado en el ámbito académico y político. Así, el Consejo de Europa recomienda a sus estados miembros iniciar políticas de recuperación y mejoramiento de las áreas verdes urbanas, y en 1990 se publica el Libro Verde sobre el Medio Ambiente Urbano (Salvador 2003) y cuatro años más tarde la Carta Europea hacia el Desarrollo Sostenible (Baker, 1997). Ya en la década de los 2000, con la aparición del concepto de servicios ecosistémicos, que trascendió el ámbito académico y fue ampliamente difundido por la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (EEM, https://www.millenniumassessment.org/es/), cambia la visión de las áreas verdes. El concepto fue aplicado inicialmente a ecosistemas silvestres, pero muy pronto se extendió su utilización a las áreas verdes urbanas. La EEM define los servicios ecosistémicos como “los beneficios que los seres humanos reciben directa o indirectamente de los ecosistemas” (EEM, 2003). Desde entonces, paulatinamente se abandona la visión puramente ornamental de las áreas verdes, se retoman algunos planteamientos del pensamiento higienista de principio de siglo, que promovía las áreas verdes con el fin de mejorar la salud física y mental de los habitantes, y se agregan las funciones de regulación ambiental y ecológicas.

Paralelamente surge el concepto de infraestructura verde, la cual se define como la red integrada de espacios verdes de la ciudad incluyendo espacios naturales, semi-naturales y artificiales (Tzoulas et al 2007). Este concepto se refiere a la integración funcional de todos los espacios verdes que están presentes en las ciudades, los cuales constituyen una red que distribuye servicios ecosistémicos en la ciudad. Así desde las “áreas verdes” que son polígonos aislados dispersos en la ciudad, se evoluciona hacia la “infraestructura verde” que es una red integrada, que puede ser planificada de manera que entregue los servicios ecosistémicos necesarios (por ejemplo, control de inundaciones) en donde la ciudad los necesita (por ejemplo, en zonas que se inundan por acumulación de aguas lluvia). Junto con ello avanzamos en el reconocimiento de la multiplicidad de beneficios que todos los espacios verdes entregan a las personas y comunidades.

Santiago, Octubre, 2019

Referencias

Baker, S. (1997) The evolution of European Union environmental policy. En Baker S., Kousis M., Richardson D., Young S. The Politics of Sustainable Development. Theory, Policy and Practice within the European Union. Routledge London. Pags. 91-106.

Fadigas L. 2009. La estructura verde en el proceso de planificación urbana. Ciudades N°12, pp.33-47

Flores-Xolocotzi R. 2012. Incorporando desarrollo sustentable y gobernanza en la gestión y planificación de áreas verdes urbanas. Frontera Norte (México), Vol. 24. N°48, pp. 165-190.

Pavez, M.I. (2009) Planificación urbana y regional para Santiago de Chile: un aporte temprano para su sustentabilidad. Revista Digital Universitaria, 10(7). Retrieved from http://www.revista.unam.mx/vol.10/ num7/art46/art46.pdf

Peterson J.A. 1979. The impact of Sanitary reform upon American urban Planning, 1840-1890 Journal of Social History, Vol. 13 N°1, pp. 83-103

Picón M.C., De la Barrera F., Reyes S., Forray R., Berrizbeitia, A. (2017) Planificación ecológica en Santiago de Chile. ¿Qué tan lejos estamos? Clasificación de iniciativas de planificación territorial basadas en una breve revisión bibliográfica. Investigaciones Geográficas Chile, 54: 105-126.

Salvador P.J. 2003. La planificación verde en las ciudades. Ed. Gustavo Gili: Barcelona

Tzoulas K., Korpela K., Venn S., Yli-Pelkonen V., Kaźmierczak A., Niemela J. & James P. (2007). Promoting ecosystem and human health in urban areas using Green Infrastructure: A literature review. Landscape and Urban Planning, 81, 167-178.